El autismo cambió mi vida

El autismo cambió mi vida

Antes que el autismo llegara a mi vida

Siempre quise tener dos hijos; no sé por qué lo tenía tan claro desde muy joven. Con apenas 17 años ya tenía definido mis principales objetivos de vida: estudiar una carrera y formar una familia. Puede sonar trivial y aburrido, pero siempre fui una persona común, sencilla y sin grandes pretensiones.

Sabía que quería tener una hembra y un varón y hasta había elegido sus nombres: Claudia y Alejandro. Lo que obviamente no sabía era cuál de los dos vendría primero y mucho menos cuándo. Algo sí tenía decidido: primero estudiaría…y bueno… lo de la familia, cuando llegara el momento.

No había cumplido 23 años cuando me gradué de Ingeniería Eléctrica, la cual ejercí durante varios años. Durante esa etapa conocí a mi actual pareja y en menos de dos años nos casamos. Vivimos momentos muy difíciles porque su madre, que en paz descanse, le diagnosticaron cáncer en el sistema linfático en estadío 4, por lo que falleció en poco tiempo. No pudo conocer a sus nietos.

Al mes de su fallecimiento salí embarazada y tuve a mi añorada hija Claudia. Una niña hermosa e inteligente que desde antes del año ya decía sus primeras frases, que solo yo entendía, jaja.

Desde los nueve meses y hasta que fue al círculo infantil (guardería) (al año y ocho meses) la cuidaba una señora. Recuerdo que cuando iba a buscarla me decía: Hola, cómo ta´ (estás) y para que la cargara decía: Qué cacgue.

Cuando estaba cerca de cumplir los 3 años volví a quedar embarazada. Luego supe que esperaba un varón, y como ya te dije, ya sabía que se llamaría Alejandro.

Tuve un embarazo muy bueno, solo una ligera anemia.

Cuando tenía 40 semanas fui a la consulta de la ginecóloga de mi área de salud y me remitió a la de postérmino; así le llaman aquí a la consulta donde atienden, en un hospital, a las embarazadas que tienen más de 40 semanas.

Pero, cuando ya me iba con mi remisión, la doctora me dice algo así:

—No te vayas. Acuéstate en la camilla.

Me examina y de pronto me dice (como si no tuviera la menor importancia):

—Ahora tienes que ir para el hospital a parir.

No te puedes imaginar el total desconcierto y la enorme locura que se armó en mi cabeza. Ese cambio de “palo pa´ rumba”, como decimos por acá, me provocó un gran trauma psicológico (supongo yo, por lo que pasó después).

No recuerdo los detalles de ese día, pero pienso que la doctora provocó o impulsó la dilatación; no sé si eso es posible.

Llegué a mi casa, y le conté a mi esposo que tenía que ir para el hospital; por suerte ya tenía el bolso listo, porque sabía que en cualquier momento ese día llegaría. Pero no así de pronto, sin avisar, sin ninguna contracción.

Dejamos a Claudia con una amiga.

Sé que llegamos al hospital y que al poco tiempo parí. Pero durante ese proceso ocurrió algo inesperado que abrumó y entristeció a mi esposo y mis padres.

Los médicos decían que yo no cooperaba, que estaba majadera y que no pujaba, pero mi mamá sabía que algo no estaba bien, porque yo no era así.

Entonces, llegó una doctora amiga de la familia, habló con los médicos y la dejaron entrar al salón de parto.

Cuando me vio enseguida se dio cuenta que yo no estaba normal. Me conocía desde niña y sabía cómo me comportaba. Estaba fuera de mí; de hecho, no recuerdo nada de esta historia a partir del momento que nos dirigimos al hospital.

Me contaron que cuando parí solo repetía como disco rayado:

—¿Y ya yo parí? ¿y qué tuve?

Mi hijo nació alrededor de las 5:00 de la tarde y fue cerca de las 3:00 de la madrugada del otro día que empecé a tener conciencia de este hecho.

Horas después supe que había tenido una amnesia temporal. Los médicos pensaron que se debía a algún dolor muy fuerte que sentí y que mi cerebro «optó por desconectarse». Nunca sabré exactamente lo que me pasó.

¡Te imaginas el sufrimiento de mi esposo y de mis padres durante esas horas! Con la incertidumbre de si me quedaría así para siempre.

Los médicos no me querían dar a mi hijo; pensaban que quizás ese episodio era porque no era un embarazo deseado o que no sería capaz de atenderlo bien. Mandaron a una psicóloga para que me entrevistara y luego de una larga conversación decidió que sí estaba apta para cuidarlo.

Al fin pude tener a Alejandro en mis brazos; habían pasado más de 24 horas desde su nacimiento. Era un bebé hermoso, al menos yo lo veía bello. Sin dudas, era un niño muy deseado y amado.

Mi hijo Alejandro: Sus primeros años

Alejandro fue un niño muy adelantado desde el punto de vista motriz. Con solo siete meses caminaba por su corral. A los once meses ya corría por la sala de la casa y jugaba a la pelota con los pies, como en el futbol. Todo iba según lo esperado, pero solo llegó a decir unas pocas palabras: mamá, papá, nené y tata.

Alrededor de un año y dos meses (de manera progresiva) notamos que empezaba a caminar en puntas de pie, daba vueltas sobre su propio eje sin marearse, tenía estereotipias (sobre todo aleteo con las manos), se reía o lloraba sin motivo aparente, tenía una elevada hiperactividad y trastornos del sueño.

Dejó de decir las pocas palabras que había aprendido, dejó de mirarnos a los ojos, de decir adiós, y no nos besaba.

De pronto sentimos que nuestro hijo se “alejaba” cada vez más de su entorno, como si nada le importara.

No le interesaban los juguetes, ni jugar con otros niños; en el círculo infantil se aislaba. Dejó de jugar con la pelota. No rodaba sus carritos, les daba vueltas a sus ruedas sin parar. Solo se interesaba en ver televisión, sobre todo si escuchaba música.

Aparte de esto solo le llamaba la atención tener algún objeto en la mano como hojas de árboles, ramitas, un absorbente (para bebidas) o algún muñeco de peluche.

Tenía constantes rabietas; se molestaba muy fácilmente y se daba cabezazos contra el piso cuando quería algo y nosotros no lo entendíamos. O cuando tenía algún dolor.

Fue un periodo muy frustrante y angustioso. No sabía qué le pasaba a mi hijo; me sentía muy triste y no podía evitar llorar casi todo el tiempo.

Lo llevamos a la consulta de Psiquiatría infantil, y luego de periodos de observación de su conducta, de entrevistarnos para el CARS (prueba psicológica para evaluar y diagnosticar el Trastorno del Espectro Autista (TEA)) y de varios exámenes neurológicos: prueba de potenciales evocados auditivos, electroencefalograma, tomografía axial computarizada (TAC). También pruebas metabólicas, genéticas, etc, llegó el inevitable diagnóstico: Su hijo tiene autismo.

Alejandro tenía 1 año y medio.
En ese momento no tenía la menor idea de lo que eso significaba. Solo había visto la película Rain Man y algunos documentales sobre «autistas genios”, pero nada más lejos de la realidad que nos esperaba.

Este era solo el inicio de una nueva etapa completamente diferente. A partir de ese momento, mi vida se llenó de incertidumbre y desasosiego. Aunque aún no era capaz de imaginar todo lo que vendría después.

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